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(Porción de) Lugar de avispas Para
mi querido pueblo, que
cada día me duele más. FMR Despertó
con el sabor de lunes en la boca. “Las cinco…, pasadas”, pensó sin mirar su Rolex de oro que sólo se quitaba para bañarse. Hacía tiempo que había logrado precisar, en diferentes estaciones, la hora de su despertar con sólo mirar la posición de la luz del sol que entraba por la ventana posándose sobre la pared del
cuarto. Era el fruto de su manía de pedir, siempre, habitación con ventana al este. Salió de la cama, humedecida por el sudor de su cuerpo, sintiendo el fresco de la corriente del ventilador que pendía del techo y cuyo run-run había perturbado varias veces su sueño, el poco que había logrado. Así, desnudo, se dirigió a la ventana. No
era la primera vez que estaba allí y sabía, por una extraña certidumbre de su mente, que no sería la última, ese negocio daría para más, para mucho más. Deslizó ruidosamente la media hoja de la gran ventana
sintiendo el fresco aire matinal después de una noche de tormenta. Excepto por esa noche, invariablemente dormía con la ventana abierta y
las cortinas corridas. Pero la noche anterior, los zancudos y jejenes habían estado más activos que nunca y ni el ventilador a toda su
potencia había logrado espantarlos, allí tenía las muestras rojizas sobre la piel. Además, los ruidos producidos en ese cuarto hubieran
causado más que curiosidad a los transeúntes en la calle, sólo cuatro pisos abajo. Clavó
por un momento la vista en la lejanía sobre la copa de las montañas verdiazules, coronadas en sus puntas por nubes de algodón de lluvia
ligera, más abajo vestidas de un verde dudoso sin atreverse a ser todo igual: en unas partes esmeralda, en otras verde limón y en otras
más, verde grisáceo; sólo la calvicie de los montes era definitiva. Los viejos de por acá se contentaban con decir que hace treinta
años había arboledas nutridas, “…así mire don, no estas calvicies de monje. Cada que íbamos al monte, podíamos traer leña pa’
los fogones y pa’todo lo que quisiéramos, cargábanos los burros y las mulas hasta que
reventaban por el sofocón del peso…pero eso era antes…”, entonces había más árboles de ocote que de cedro, pero hoy ya era otra
cosa, ahora ya las faldas bajas eran de montañas desérticas, sólo pobladas con plantas propias
de la sequedad que se prolongaba hasta la mitad del año y que de pronto, en los meses del verano, sucumbía ante las tormentas diarias que
aceleraban la erosión del suelo antes fértil. Después
de un largo rato, las nubes aún se posaban tercas en la cúspide, como si cargaran para la tormenta diaria del medio día o la que en esta
temporada se había hecho costumbre en las horas de la madrugada. Luego, bajó la vista hacia la plaza central y lo que la bordeaba. Allí
nomás, a tiro de piedra, estaban las dos sucursales de los bancos más importantes del país, uno frente al otro, cómplices en las tareas
de lavado y los préstamos sin garantía a los amigos del Sistema, y que posteriormente pasarían a carteras vencidas archivadas en el
olvido de los legajos burocráticos gubernamentales y en las activas pagadas con los impuestos del pueblo. Allá, el Palacio de Gobierno,
recién retocado con la fachada de la Roma y Grecia antigua y más acá el de Justicia, igual, para que no desentonara; por enfrente de
éstos, el Palacio Municipal. Por allá, la iglesia de La Asunción, en donde acababan de quitar al padre Anaya por ponerse a defender a los vendedores ambulantes del mercado, y en contra del
sindicato tricolor “protector” de las causas laborales. Las dos boticas más para allá, donde vendían la medicina sin ningún control
ni en el precio ni en la calidad, y que reetiquetaban precios de la noche a la mañana con el beneplácito de la Secretaria de Comercio; y
por allá, más cerca del palacio estatal que del hotel, los restaurantes de comida rápida y cara. Las jardineras de la plaza central con
los frondosos y viejos camichines, y los laureles de la India tumbándose de pájaros arrieros en un imposible jolgorio matinal. Los postes
coronados por luminarias con forma de farol afrancesado antiguo, todos de edad simulada, amarillentos por los orines de quién sabe quién.
Más allá en otro nivel: los bustos y monumentos a los héroes de la Independencia de la historia oficial, zurrados por las palomas que
tercas se posaban sobre las negras masas de material formado; los bultos sosegados, no más revueltas heroicas para ellos, testigos mudos
producto de sus historiadores, piedras cómplices del oficialismo. Y en el centro, la gran explanada: el templo mayor, el lugar de los
sacrificios, el lugar de las manifestaciones antigubernamentales, podio para los políticos y de
sus acarreados; el lugar de las verbenas y palos ensebados del cinco de mayo y de las fiestas en Noche Buena, culminando con la elección de
la Miss Estatal, que después, invariablemente, pasaría a ser la amante del gobernador en turno. Las manchas de sangre no habían
desaparecido por completo, se habían sembrado como vestigios negruzcos en memoria de esos que de pronto, buscándolo apenas, se habían
convertido en símbolos de movimientos que nadie entendía y del que muchos “líderes” salían con provecho propio: una diputación, una
secretaría de estado, un hueso sexenal. “Pobres pendejos”, pensó, “nadie sabe para quién trabaja”. Luego, casi sintiéndose
culpable: ¾La
misma mierda¾
dijo lanzando un escupitajo, hacia la calle todavía vacía. Se quedó observando la trayectoria del verde y espeso líquido a través del
hueco de la ventana. Como quitándose un gran peso de encima, se sentó en el sillón mullido de la esquina del cuarto junto a la ventana e
involuntariamente se rascó los testículos mientras observaba una pierna desnuda que salía por debajo de la áspera sábana de algodón
con unos logotipos estampados: HCB, “Hotel Casa Blanca”; era la segunda vez que se lo decía
para sí como si fuera un descubrimiento lo observado, o como si quisiera demostrarse a sí mismo que estaba despierto y atento, como
siempre; “todo está patas arriba”, pensó sintiendo algo de asco. Cerró los ojos y volteó la cabeza hacia el techo tratando de
recordar, sin mucha convicción, lo que hubiera sido mejor olvidar para siempre. Allí estaba para cumplir “el encargo” y no había
excusa para no hacerlo. A él no le incumbía un carajo lo demás, allá los otros que se encargaran de seguir “haciéndole al tango”
para que todo pareciera como si el país fuera realmente un gran protagonista en la economía mundial. Todo esto
lo pensaba y no atinaba a decidir si le remordía más el darse cuenta que estaba aprendiendo los discursos de sus jefes ocultos o
que finalmente “me importara una soberana chingada todo esto”. |